¡Holanda se queda, en dos, días sin papel higiénico!  II

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La Unión Europea es una entelequia sustentada en el deseo de unidad y en un orden mundial que nos obliga a intentar por todos los medios permanecer juntitos. Es un constructo socioeconómico y cultural terriblemente asimétrico en la mayoría de su vertebración existencial. Pero donde es perceptible con mayor claridad es en la decepcionante reforma de la eurozona comenzada años atrás. Las mejoras y avances, desarrollo de la Unión Bancaria o creación del Mecanismo Europeo de Estabilidad, han sido muy humildes en comparación a lo que queda por hacer. La oposición de los países bárbaros ha impedido el uso de recursos fiscales que aseguren mecanismos de control o la mutualización de riesgos, por ejemplo. Dos medidas que serían fundamentales en una situación como la que tenemos entre manos. Y se debería construir un andamiaje realmente sólido, simétrico y solidario con medidas como un seguro de desempleo europeo, o un auténtico presupuesto comunitario. Nos estamos refiriendo a una concepción de la UE que rompa los esquemas establecidos hasta ahora. Y que paradójicamente viene perfectamente definida en el Preámbulo de

la CARTA DE LOS DERECHOS FUNDAMENTALES DE LA UNIÓN EUROPEA:

“Consciente de su patrimonio espiritual y moral, la Unión está fundada sobre los valores indivisibles y universales de la dignidad humana, la libertad, la igualdad y la solidaridad, y se basa en los principios de la democracia y del Estado de Derecho. Al instituir la ciudadanía de la Unión y crear un espacio de libertad, seguridad y justicia, sitúa a la persona en el centro de su actuación”

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Lo habíamos dejado en que nos encontrábamos de nuevo ante el enfrentamiento entre dos concepciones diferentes de entender la vida. En un, supuesto, choque cultural entre los países del norte y del sur de Europa. Entre la cultura mediterráneas y la bárbara. Entre ricos y pobres.

Más allá de la canallesca holandesa, que no debemos olvidar que es considerada por diversas entidades, como la ONG Oxfam, como paraíso fiscal con la vista gorda de la UE (detallan perfectamente el caso por si a alguien le interesa leerlo); y que como mínimo se debería denominar “limboíso” fiscal. Los Países Bajos no pueden competir ni por recursos naturales, ni por población, ni por potencia industrial, por lo que hace lo que lleva haciendo desde que “inventó” la Bolsa de valores hace siglos: ser un centro de comercio; y su sistema fiscal posee ciertas especialidades fiscales (no retención en fuente en pagos de intereses o cánones, como medio para fomentar el comercio internacional) que ha provocado que en infinidad de ocasiones el país fuese medio imprescindible para los flujos de rentas que acababan en otros territorios, catalogados, como paraísos fiscales; más allá de la canallesca holandesa, decíamos que, nueve países europeos, Bélgica, Eslovenia, España, Francia, Grecia, Irlanda, Italia, Luxemburgo y Portugal, han solicitado la emisión de  “coronabonos” para hacer frente al impacto económico del COVID-19.

Realmente al hablar de este producto nos estamos refiriendo básicamente a los famosos eurobonos que los países del sur de Europa intentaron conseguir de manera infructuosa durante la anterior crisis económica. Con “coronavirus” queremos indicar un instrumento de deuda común emitido por una institución europea. Como hace una década, Alemania se opone frontalmente a esta medida, junto con Holanda y Austria. El Gobierno alemán confía en el mecanismo de rescate y en las medidas del BCE para apoyar a los países europeos, pero bajo ningún concepto en eurobonos.

España, junto a los ocho países antes citados, está pidiendo que los países europeos se endeuden conjuntamente minimizando así los riesgos para cada país. Es más fácil devolver la deuda de esta manera que en solitario. Reduciéndose los intereses del préstamo y no se acumularía deuda propia, lo que es fundamental para países como España.

No ya el frenazo, como titulan algunos medios, de la economía sino una recesión en toda regla y de magnitud nunca conocida es lo que tenemos en el horizonte.

Las actuaciones no es que no pueden repetirse con respecto a la crisis financiera de 2008 es que no deben ser ni remotamente parecidas. Ni las economías ni las sociedades de diversos países las soportarían. No parece casualidad que en esta década hayamos sufrido, no solo el desmantelamiento de nuestro estado de bienestar (al menos los países del sur de Europa) sino el auge de ideologías reaccionarias, totalitarias, populistas y ANTIEUROPEÍSTAS. ¿Qué objetivos persigue la UE? ¿Ser la última víctima del COVID-19?

El propio presidente del Parlamento Europeo, David Sassoli, ha criticado “la estrechez de miras y el egoísmo de algunos Gobiernos” y ha reivindicado los “coronabonos” Eso sí, es socialdemócrata e italiano.

Estamos pendiente de una decisión política, y por tanto tiene que adoptarla el Consejo Europeo. Es importante recordar o mejor dicho enfatizar esto. DECISIÓN POLÍTICA que afecta a la economía y tendrá consecuencias financieras y comerciales, pero estamos en el territorio de la POLÍTICA. Y es hora de que, ya de una vez por toda, la Unión Europea dé un ejemplo contundente y rápido. Somos conscientes de que no es algo sencillo ni simple, que llevarlo a la práctica es complejo y que nunca se ha hecho. Nos movemos por un terreno ignoto por el que será imposible transitar sin un fondo de rescate, el Mecanismo Europeo de Estabilidad, MEDE.

La velocidad de reacción para contrarrestar el alcance de los efectos socioeconómicos es, a todas luces, primordial. La inmediatez en las actuaciones de la UE debiera ser la norma, pero la experiencia nos susurra que vamos “apañaos” porque si algo caracteriza a la UE es su lentitud y su nula, casi negativa, capacidad de reacción. Sustentada en las desigualdades económicas entre Estados miembros.

Pero este es otro paradigma que debemos vencer para que, tras vencer al COVID-19, no se quede nadie atrás. Reiteramos (porque es esencial insistir en ello): no valdrán actuaciones parecidas a las aplicadas en la anterior crisis económica, por muy tentados que puedan estar algunos gobiernos europeos.

La Unión Europea es una entelequia sustentada en el deseo de unidad y en un orden mundial que nos obliga a intentar por todos los medios permanecer juntitos. Es un constructo socioeconómico y cultural terriblemente asimétrico en la mayoría de su vertebración existencial. Pero donde es perceptible con mayor claridad es en la decepcionante reforma de la eurozona comenzada años atrás. Las mejoras y avances, desarrollo de la Unión Bancaria o creación del Mecanismo Europeo de Estabilidad, han sido muy humildes en comparación a lo que queda por hacer. La oposición de los países bárbaros ha impedido el uso de recursos fiscales que aseguren mecanismos de control o la mutualización de riesgos, por ejemplo. Dos medidas que serían fundamentales en una situación como la que tenemos entre manos. Y se debería construir un andamiaje realmente sólido, simétrico y solidario con medidas como un seguro de desempleo europeo, o un auténtico presupuesto comunitario. Nos estamos refiriendo a una concepción de la UE que rompa los esquemas establecidos hasta ahora. Y que paradójicamente viene perfectamente definida en el Preámbulo de

la CARTA DE LOS DERECHOS FUNDAMENTALES DE LA UNIÓN EUROPEA:

“Consciente de su patrimonio espiritual y moral, la Unión está fundada sobre los valores indivisibles y universales de la dignidad humana, la libertad, la igualdad y la solidaridad, y se basa en los principios de la democracia y del Estado de Derecho. Al instituir la ciudadanía de la Unión y crear un espacio de libertad, seguridad y justicia, sitúa a la persona en el centro de su actuación

Ramón Rodríguez Casaubón

 

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